Presentación
Más que una (otra) época de cambio, la nuestra conlleva
un verdadero cambio de época, escribe Antonio Cabrerizo en
La Universidad Católica Boliviana hacia el año 2000,
y advierte que la universidad no puede ignorar eso sin desmedro de
sí misma. El desarrollo creciente de los medios de comunicación,
la modernidad globalizadora, la cultura universal de masas, en fin:
la compleja realidad insoslayable de todo cuanto nos toca vivir, demandan,
según el autor, una universidad, sobre todo una universidad
católica, “a la altura de la época”, donde
concurran, y dialoguen entre sí, fe y cultura como intérpretes
y agentes “del sentido de la existencia humana en el mundo”.
La Universidad Católica Boliviana, con sus características
y finalidades específicas, integra y proyecta en ese diálogo
la fe “con los distintos campos del saber, la investigación
y el servicio a la comunidad”.
Guillermo Luis Porrini recurre, por su parte, en La Filosofía
en la Universidad, a dos obras clásicas de Kant: “El
conflicto de las facultades”, y “¿Qué es
la Ilustración?”, para examinar las formas universitarias
de la filosofía en la época moderna, y señalar
de paso más adelante algunas consideraciones al respecto de
Schelling, Fichte, Hegel, Scheler, Ortega, Heidegger y Derrida. En
una época plenamente ilustrada, la facultad de filosofía,
sagaz y bien inclinada, velará, según Kant, por la autonomía
de la razón, y dirimirá los conflictos entre ella y
las facultades “superiores” (teología, medicina,
derecho), incapaces de pensar libremente en realidad, y sometidas
al poder político, bien aconsejado, a su vez, por la omnicomprensiva
filosofía. En una época como la nuestra, escribe Porrini,
la universidad carece, desde luego, de semejante tribunal, y cabe
preguntarse si la filosofía está en condiciones de asumirse
a sí misma como un poder espiritual sin el cual la sociedad
y la ciencia misma se trivializan, y si su ejercicio futuro se localizará
todavía de un modo eminente en la institución universitaria
o será más bien utópico.
En otra línea de asuntos filosóficos, Rosemary Rizo-Patrón
problematiza, en las rigurosas y sugerentes páginas de Lingüisticidad
de la percepción y eticidad de la ecología, cierta centralidad
antropológica, no natural, de la cultura y el lenguaje humanos,
que tenderían cada vez más a fijar sus signos en perjuicio
de las situaciones y contextos vividos. De ese orden sería
el uso corriente de la racionalidad que abstrae de la experiencia
“el sentido uniforme e infinito de un tiempo progresivo y la
intuición congelada de un espacio homogéneo y estático”,
olvidando que somos “habitantes de la tierra, un astro errante
cuyo recorrido en el espacio sideral está más allá
de nuestro control”. A la luz de autores como Husserl, Jonas
y Abram, la autora juzga sensato, sin embargo, reconocer que la misma
naturaleza nos plantea demandas morales inevitables, y que ideas como
correlación universal entre la conciencia y el mundo, horizonte
intencional, mundo-de-vida, historicidad primordial, y otras, de reconocible
filiación fenomenológica y hermenéutica, sirven
para pensar esas demandas y para recuperar, “en el marco de
nuevas concepciones éticas de la ciencia y de la técnica”,
el equilibrio entre la escritura y las raíces, por decirlo
así, de la existencia humana.
¿Qué es la metafísica de Aristóteles?,
se pregunta Ramiro Salazar, en La unidad ontoteológica de la
metafísica de Aristóteles, y sobre la base de la interpretación
cuidadosa de textos centrales de E, Z, L, y algunos otros, de la Metafísica,
responde que ella es, por una parte, ciencia sabia del ser del ente
en general y de los principios de las ciencias particulares; y, por
otra, filosofía primera o teología. Uno y otro sentidos
se corresponden, respectivamente, según Salazar, con una visión
horizontal y con otra vertical, de todo lo que es, y exhibirían
aspectos complementarios de una misma ciencia, cuya unidad esencial
radicaría en la “interna y necesaria” concurrencia
de sus preguntas ontológica y teológica, al ámbito
de la entidad (ousía) pensada como “presenciación”
(energeia).
Jorge Martínez desarrolla, a su vez, en Religión y
ética en Aristóteles y Santo Tomás, la tesis
de que el pensamiento de Aristóteles, a diferencia del de Tomás
de Aquino, exhibe “una fluctuación no resuelta entre
el ámbito de lo teológico y el de lo religioso”,
de modo que el concepto aristotélico de religión no
se vincula “de manera directa, a ningún aspecto de la
eupraxía ni de la eudaimonía”, aunque la teología
de Aristóteles culmina su metafísica. El ámbito
de la praxis es, en efecto, para Aristóteles, observa Martínez,
“indigno de los dioses”. El Dios Primer Motor Inmóvil
existe como causa final del mundo, pero ignoramos “qué
tipo de causa final es”. La relación de Dios con el mundo
implica, sin embargo, para Santo Tomás, subraya el autor, exigencias
religiosas no sólo de carácter litúrgico y cultual
sino éticas, del orden de la justicia, por ejemplo, lo cual
haría a la religión la primera de las virtudes morales.
La ley natural tomista tiende un puente que asegura y garantiza, concluye
Martínez, el señalado vínculo entre lo ético
y lo religioso.
Desplazándonos al singular escenario de la psicodinámica
clínica y de su ejercicio profesional, Cid Vale de Souza revisa,
en La psicodinámica y las figuras de lo real, las concepciones
“subjetivo-individualista” y “objetivo-participante”,
de esa “figura de lo real” que es la personalidad humana.
Observa entonces que la idea de salud mental incluye siempre las de
relacionamiento humano, creatividad, y sensibilidad ética,
y que el ego no es un “locus unitario”, si bien “un
dato clínico tan legítimo e importante como el que más”
es el hecho de que cada persona proyecta “en sí un ego
de ese tipo”, capaz de experimentar unidad y autonomía.
Los mojeños han padecido más penurias que gozado beneficios,
desde la nada incruenta conquista ibérica hasta su incorporación
a la vida republicana, en la cual a fines del siglo XIX surge y se
reprime violentamente el movimiento mesiánico de liberación
liderado por Andrés Guayocho, escribe Gustavo Pinto en Proceso
histórico de marginación social y movimiento de lucha
del pueblo mojeño. Pinto escribe también que entre 1930
y 1984 han sobrevenido varios otros movimientos de reivindicación
semejantes pero ninguno ha llegado a la Loma Santa. Y que ni la revolución
del 52 mejoró la vida del pueblo mojo. Hacia el final del trabajo
el autor examina y evalúa las relaciones públicas más
recientes de ese pueblo, y de otras etnias del oriente, con el estado
y la sociedad civil bolivianos.
La procesión de las Posadas, los rituales de la Nochebuena,
la Vigilia Solemne de Fin de Año y Espera del Nuevo, la huida
del Niño Dios el día de Reyes, la misa de la víspera
y la celebración eucarística de la fiesta de la Candelaria,
son presentadas, cálidamente, por José Isabel González,
que testimonia, en Navidad zoque 1998. Relato de una vivencia y análisis
a la luz de la Teología de la Inculturación, su experiencia
humana y pastoral de reencuentro con su pueblo durante la celebración
navideña de 1998, a la vez que registra diversos niveles de
inculturación que muestran características ancestrales,
y coherentes con el Evangelio, de los pueblos amerindios, como la
reciprocidad y la sociabilidad. “La experiencia de Dios entre
los zoques es existencialista y vivencial”, y en ella la fe
cristiana está profundamente inculturada, concluye González.
¿Fe cristiana o pagana?, se pregunta, y nos pregunta, Efraín
Lazo Quintanilla, ante la religiosidad y cosmovisión de las
comunidades (quechuas) de San Miguel de Colquechaca, al norte de Potosí.
Estas comunidades no son ateas, pero su veneración de ciertas
cruces que van a la iglesia, las fiestas y pasantías, dudosamente
cristianas, que celebran, el tinku que sobreviene periódicamente
por cualquier motivo, etc., llevan a Lazo Quintanilla a “pensar
en el modo en que Dios está presente en esa gente” y
a preguntarse, con nosotros, por el rol del misionero católico
ahí.
Un pormenorizado artículo de Constantino Rojas: Desde los
remotos y pequeños poblados: La radio popular en Bolivia, cierra
este número de Yachay. Que las radios populares bolivianas
democratizan la palabra queda claro, afirma el autor, particularmente
a la luz de la historia de las radios mineras (originalmente “autogestionarias,
democráticas, populares y participativas”) y campesinas,
en Bolivia, desde la revolución del 52 hasta nuestros días.
Al multitudinario curso de esa historia han contribuido, de manera
protagónica, escribe Rojas, la Iglesia Católica, Educación
Radiofónica de Bolivia, ERBOL, y, más recientemente,
radios institucionales-campesinas, en las cuales “existe una
fuerte relación de trabajo con los comunarios y con sus organizaciones
sindicales”.
Tenga usted.
Yachay