Presentación
Este
número de Yachay ofrece artículos de filosofía,
misionología, etnología, mitografía, sociología
y psicología social.
En “Cuatro claves de la modernidad”, Hugo Renato Ochoa expone
características de la época moderna que pueden ser comprendidas
como otros tantos giros en los que se invierten las relaciones clásicas
del sujeto con los momentos que lo acotan. Tales giros afectarían
las relaciones del sujeto consigo mismo, con el objeto, con el otro
en la sociedad, y con lo trascendente o la divinidad. La voluntad libre,
adscrita “a una moral del beneficio”, condiciona, o tiende
a condicionar, en este contexto, según el autor, al entendimiento
verdadero, poniéndolo en los carriles de la razón instrumental
entendida como facultad, poderosa y eficaz, es decir técnica
e ideológica, de los medios, no de los fines. El conocimiento
pasa a ser entendido entonces como representación cuyos objetos
se someten “a las condiciones que el sujeto establece”;
el sujeto moral se identifica a sí mismo con su propia autonomía
y piensa a la sociedad política como “obra contractual,
y libre, del mismo hombre”; mientras en el plano de la relación
del hombre con lo divino la esperanza sustituye a la fe.
Víctor Samuel Rivera examina más adelante, en “Rehabilitación
del mundo clásico. Reflexiones sobre el giro lingüístico”,
la “apertura histórico-epocal” que dicho giro produce
en los conceptos de razón y verdad modernos occidentales, que
niegan el mundo clásico. A diferencia de la moderna, la racionalidad
clásica resultaba, en efecto, según Rivera, inseparable
de ciertas prácticas y formas de vida, que por ser tales no requerían
ninguna fundamentación epistemológica, pues estaban siempre
dadas de antemano, con el mundo y el lenguaje del caso, en un horizonte
de sentido común, comunitario, sustantivo, del orden de la ética
antes que de la ciencia, donde no faltaban los desacuerdos ni las conversaciones
inacabadas imperfectas. Pero “Descartes propone [...] que los
criterios racionales no están ligados a formas de vida sustantivas.
Propone una versión de la racionalidad sin comunidad, sin tradición,
sin logos”. La hermenéutica de Gadamer y las “vueltas”
contemporáneas propiciadas por autores como Wittgenstein y Kuhn
y Rorty, rehabilitarían, sin embargo, en nuestros tiempos, el
mundo clásico, la filosofía práctica, el otro narrativo,
el paso del sujeto al lenguaje favorable al disenso y “a la conversación
comunitaria y a la tradición como práctica de la racionalidad”.
Juan Araos Uzqueda observa, a su vez, en “Sobre la comprensión
y la hermenéutica”, que desde Heráclito y Parménides,
desde Empédocles y Sócrates y Platón, el círculo
hermenéutico de la filosofía se inaugura con la escucha
cuidadosa de lo que no podemos pasarnos sin escuchar. Del orden de aquella
escucha son el dejar hablar y el hacerse escuchar, que una y otra vez
confirman el carácter productivo, histórico, aplicado,
de la comprensión como acontecimiento existencial, ontológico.
Así entendida, la comprensión permitiría dar con
lo verdadero “en el curso del tiempo que nos toca vivir”.
La ética de Aristóteles y una serie de conceptos recurrentes
en la hermenéutica contemporánea, como los gadamerianos
de prejuicio, distancia en el tiempo, memoria histórica, historia
efectual, interpretación, etc., le sirven aquí al autor
para referirse a fenómenos cuya orientación reflexiva
procede, como la experiencia de quien dialoga y hace sus preguntas,
por la “vía larga de la interpretación” más
bien que por “la corta de la conciencia”.
A partir de un examen de la situación de la mujer en la época
de Jesús, y con el auxilio “de la hermenéutica crítica
y feminista”, Estela Ramírez hace después, en “La
experiencia misionera de las mujeres en el Nuevo Testamento”,
una “relectura bíblica y misiológica” de la
participación femenina en la Iglesia Católica. Mujer y
varón son, antes que nada, personas, para Jesús, el cual
admitió, como se sabe, a mujeres entre sus discípulos.
Entre las mujeres que ya en los primeros tiempos cristianos tuvieron
una activa responsabilidad en la Iglesia, particularmente en la experiencia
misionera de ésta, Ramírez menciona a María Magdalena,
“testigo fiel de la enseñanza, la vida, muerte y resurrección
de Jesús”, “apóstol de los apóstoles”,
y a la siriofenicia de Mc. y Mt., gran colaboradora del “segundo
período en la actividad de Jesús dirigida hacia la misión
de los paganos”, madre apostólica de los gentiles convertidos
al cristianismo. La anónima mujer que unge a Jesús en
casa de Simón el leproso, las mujeres que aportan económicamente
a la misión de Jesús, la samaritana que conversa con Jesús
y “fue un pilar en la evangelización de su pueblo”,
la acción misionera de Priscila, Febe, Junia, etc., en las primeras
comunidades cristianas, y diversos encuentros que muestran elocuentemente
el “diálogo teológico que Jesús establecía
con las mujeres”, orientan también, más adelante,
la relectura de la autora.
En “Propuestas para dialogar sobre identidades construidas”,
Raquel Velasco Canelas analiza, por su parte, a la luz de autores como
Federico Avila, Roberto Prudencio, Carlos Montenegro, Carlos Medinaceli
y Humberto Palza, el aporte que entre 1930 y 1950 hace la literatura
nacionalista-indigenista boliviana al imaginario en el cual la identidad
de la nación se articula. Examina para ello los espacios simbólicos
principales del “proyecto de nación orgánica romántica”:
el Macizo Andino y la Pachamama, con sus “construcciones territoriales
sexuadas” correspondientes, que personifican y hacen operativa
la idea de Estado nacional en términos “matriopatrióticos”;
y estudia la construcción del emblema del “indio (aymará)
imaginario”, arquetípico, esencial, por parte de aquellos
autores, que habrían, sin embargo, asumido la identidad boliviana
más como mestiza que como india, llevados por la necesidad de
afirmar “una identidad mestiza blanca”, lo cual contrasta,
según puede verse fácilmente, con “el ritmo de la
movilidad social que abrió las puertas para el surgimiento y
crecimiento del sector mestizo-cholo”.
Mauricio Sánchez Patzy revisa, en “Jaime Laredo: El violín
heroico”, el papel de la música en la construcción
de las identidades sociales, en Bolivia. Toma para ello como hitos principales
el éxito internacional del violinista Jaime Laredo, en 1959;
la vigorosa irrupción posterior de la música folklórica
nacional, liderada por grupos como Savia Andina y los Kjarjas; y la
fugaz y fallida empresa artística de Pacha. El caso excepcional
de Jaime Laredo representa, según Sánchez, de un modo
nítido, la aspiración a la universalidad de la cultura
boliviana y “el juego de metáforas y sentidos sociales
que se dieron en Bolivia después de la Revolución de 1952”.
Aclamado “como el representante simbólico de la nación”
y héroe patrio, el violinista cochabambino “apareció,
en la discursividad de la época”, como paradigma del carácter
nacional boliviano, aunque no se hubiera formado en Bolivia y tocara
música europea, o quizás precisamente por esto. El neofolklore
que alcanza su apogeo entre 1975 y 1985, moderniza, escribe Sánchez,
“los planteamientos estéticos” del 52, reivindicando
“a los sikus, a las montañas sagradas, al mallku de los
andes”, en el marco de un “imaginario nacionalista”
que buscaba emular a su modo el triunfo de Laredo, lo mismo que Pacha
con sus internacionales, emblemáticos, violines.
El texto de Bernardo Ellefsen, “La carne prohibida”, expone
de manera suscinta la evolución de actitudes psicológicas
y prácticas rituales, respecto a la muerte de animales, desde
el paleolítico hasta el sacrificio de animales domésticos
en nuestros días. Tales prácticas promovieron, entre otras
cosas, el establecimiento de normas para la ofrenda de sangre y de grasa,
de los animales ofrendados, como lo muestran, por ejemplo, el Pentateuco
y el Corán. Como el sacrificio expiatorio y el posterior consumo
de la carne de animales domésticos tuvo su contrapartida en el
sacrificio humano y el canibalismo, al abandonarse la antropofagia se
prohibió también la ingesta de ciertos animales, algunos
por ser tabú o consagrados, y del cerdo, por ser, según
el autor, el primer animal doméstico criado como alimento en
el Medio Oriente, cuyo sacrificio y consumo sería un remoto sucedáneo
de los humanos sacrificados.
En “La Atlántida”, Johan S. Ellefsen toma el mito
homónimo que Platón nos relata en el Critias y al cual
se refiere en el Timeo, y datos sobre islas en el Atlántico,
como las Hespérides y las Casitérides, para identificar
la Atlántida con Inglaterra, desde donde se traía el estaño
en tiempos cretenses, aunque el mito de la destrucción y hundimiento,
de la Atlántida, procedería de la desaparición
de la minoica Thera. La topografía de las Hespérides y
de la Atlántida, rodeadas de murallas o montañas, puede,
en efecto, identificarse, según el autor, con la escarpa de caliza
que rodea Inglaterra. La misma fundación de la Atlántida
coincidiría con la de la Segunda Troya, nombre que los escritores
británicos del siglo X usaban para designar a su capital originaria.
Algunos hechos localizados en Creta, como el cataclismo ocurrido en
tiempos del rey cretense Deucalión, se habrían fundido
al mito de la Atlántida, recogido también, parcialmente
al menos, por el folklore y la mitología nórdicos y germánicos.
Concluye
este número de Yachay con el artículo “Convivir
en la violencia”, en el cual Angel Rodriguez Kauth observa algunas
de la múltiples manifestaciones: estructurales, políticas,
delictivas, electorales, pasionales, etc., de la violencia cotidiana,
como forma de interacción social dañina, en los marcos
de la situación industrial y capitalista contemporánea,
y de la argentina en particular. Quizás, opina Rodriguez Kauth,
el tema “está siendo manipulado ideológicamente
por intereses espurios”, de “izquierda” y de “derecha”,
de un modo que “los países todavía inmaduros en
la vía democrática”, harían bien en atender,
en beneficio de la segura convivencia industrial y colectiva, de los
ciudadanos en su conjunto, y de las responsabilidades estatales insoslayables
de justicia social.
Redacción
de Yachay |