"YACHAY" No. 36

Sumario

5-9
Presentación Yachay
11-30
Relectura del poema de Parménides Juan Araos Uzqueda
31-56
Renovación del derecho natural desde la filosofía de la nostridad.

Miguel Manzanera. S.J.
57-73
Maclntyre: lector del hombre contemporáneo. Lorenzo Izquierdo
75-95
Mito y razón encuentros y desencuentros Andrés Eichmann Oehrli
97-123
Imperio, subjetivismo y utopia. Una crítica a la obra de Michel Hardt y Antonio Negri desde la perspectiva del materialismo dialéctico. Lorgio Orellana Aillón
125-137
La muerte es la primera noche tranquila. Vilma Tapia Anaya
139-153
Historia de la Iglesia en el Vicariato del Beni-Bolivia (1675-2000).Época de las Misiones Jesuíticas. Enrique Jordá
155-163
Muyupayaspa. Breve apología del pentavocalismo quechua.


Renato Choque
165-177
165-177 Etnias en América y el proceso de transformación: el caso de los Yanomani.

Kenneth R.Good.

Presentación

Los cinco primeros artículos de este número de Yachay son filosóficos; el sexto de interpretación literaria; el séptimo de historia de la Iglesia; el octavo de lingüística quechua; y el noveno de antropología. Los autores, títulos, y resúmenes, de cada uno de ellos, son los siguientes.

Juan Araos Uzqueda, “Relectura del poema de Parménides”.
El fuego, la noche, el amor, funcionan como causas eficientes en el poema de Parménides: impulsan el movimiento y la combinación ordenadas de las cosas, a cuya variedad y cambio naturales el filósofo de Elea no era contrario. Ello previene contra cierta opinión extendida que desde antiguo atribuye a Parménides el haber puesto alguno de esos principios o causas sensibles del ser katà tèn aísthesin (según la sensación)??bajo el no ser. Más aun: el poema de Parménides no incluiría en realidad nada bajo la nada o el no ser, y el único camino transitable que la diosa del poema enseña sería un camino de dos carriles “sobrepuestos o complementarios entre sí”: el de la verdad y el de las cosas que (a)parecen y desaparecen, y por ambos sólo tansitaría lo que (de una u otra manera) es. Unas palabras que la divinidad femenina y anónima que habla en casi toda la obra pronuncia en el proemio, y la estructura y curso mismos de las dos partes del poema, confirmarían eso.

Miguel Manzanera, “Renovación del derecho natural desde la filosofía de la nostridad”. En el marco de la filosofía de la nostridad, y recurriendo a varias categorías personalistas, el autor homologa derecho natural con la posibilidad humana de captar inteligente y éticamente, en un medio cultural determinado cada vez, lo “justo natural” que surge de nuestra misma naturaleza y es por ello “anterior y superior a lo justo legal”. En el curso de su ensayo, Manzanera previene contra la confusión del derecho natural con el iusnaturalismo, y cuestiona entonces nociones que hacen proceder ese derecho de la naturaleza común a todos los animales; o que identifican “justo natural” (physei díkaion) con “derecho natural” (ius naturale), o con un texto escrito que habría que descifrar. Entre los “nosotros” más relevantes que servirían para caracterizar y fundamentar el derecho, el autor examina lo que llama “nosotros jurisdiccionales, el nosotros universal y el nosotros antropoteologal”. Eso le permite criticar la concepción kantiana del derecho y alentar, entre otras cosas, la constitución de una comunidad universal que “cada vez se hace más conveniente y necesaria”, y la fundamentación última del derecho en “lo justo teologal” que remite a la “realidad teologal”.

Lorenzo Izquierdo, “MacIntyre: lector del hombre contemporáneo”.
Aquí se observa el surgimiento y algunas conformaciones principales del individuo liberal moderno, que Rawls y MacIntyre ven aparecer con “la secularización de la Reforma luterana y sus consecuencias”. Dicho individuo ha discurrido hasta hoy por cauces cuyas expresiones filosóficas (contractualismo, utilitarismo, proyecto kantiano de separar la moral de la religión) convergirían en la invención de ese “artefacto cultural” de los siglos XVII y XVIII, el individuo humano con capacidades anteriores “a su ciudadanía en cualquier orden social y político particular”, al decir de MacIntyre. El Estado moderno y la economía de mercado apoyan la centralidad contemporánea del individuo, y del individualismo correspondiente, que MacIntyre ve prefigurarse ya en la antigüedad, especialmente “en la sociedad griega de los siglos VI y V a C”. Entre las características del hombre contemporáneo, señaladas por MacIntyre, que el autor destaca, están: “la democratización de la actividad moral” y el “individualismo burocrático”, a cuyo êthos (el de la soberanía ilimitada del individuo), que considera discontinuo y falto de télos, paradójico e incoherente, MacIntyre contrapone “un concepto alternativo de identidad” unitaria: corporal, responsable, práctica, narrativa e histórica, de índole tomista, aunque “no la exponga en términos tomistas”.

Andrés Eichmann Oehrli, “Mito y razón: encuentros y desencuentros”.
En el marco de una interpretación general de la historia de nuestra cultura, el autor critica cierta hýbris moderna que minimiza, niega, hace invisible, un aspecto esencial de Occidente: el de la convivencia (“no siempre pacífica”) entre mito y lógos. De los pitagóricos a los trágicos, de Platón y Aristóteles a los neoplatónicos, de los primeros estoicos a los cristianos, judíos y musulmanes, del siglo XIV, el pensamiento “premoderno” adopta, en efecto, un sesgo “clásico” que no sólo no rechaza el mito, sino que recurre a él, lo cual le permite abrirse a espacios humanos más amplios que los matemáticos modernos, sin negarse a “los dominios del misterio”, como lo hace cierta extendida y vigente racionalidad moderna. Quizás quepa, dado lo anterior, observa Eichmann, revisar “la inspiración clásica” en lo que siempre tiene de actual y aún desaprovechada por nosotros.
Lorgio Orellana Aillón, “Imperio, subjetivismo y utopía. Una crítica a la obra de Michel Hardt y Antonio Negri desde la perspectiva del materialismo dialéctico”.
El autor critica el concepto de subjetividad que Michel Hardt y Antonio Negri desarrollan en su obra Imperio, por demasiado abstracto, romántico e idealista. Aunque pretendan fundamentar una teleología materialista y hacer inmanente la ontología, Hardt y Negri subestimarían la historia: idealizarían románticamente el deseo de la multitud, como motor de los tiempos postmodernos que corren, sin advertir las claves materialistas y dialécticas de tales tiempos, es decir la sustancia y la estructura verdaderas del modo de producción capitalista que ambos denominan Imperio. Eso recluiría su propuesta en una subjetividad trascendental inviable o fuera de lugar ya desde hace tiempo en relación a la praxis humana real, cuyo devenir Orellana ve motorizado por la lucha de clases y el “pensamiento revolucionario”, no por la poesía del socialismo utópico ni por nada ingenuo parecido a ella.

Vilma Tapia Anaya, “La muerte es la primera noche tranquila”.
La obra poética y la vida de Alejandra Pizarnik (1936-1972) estarían signadas por la experiencia de la pérdida del Paraíso, que alienta la nostalgia de la tierra prometida originaria y la esperanza del retorno a ella. En esa tierra del futuro humano ideal los deseos humanos se satisfarían del todo, más allá de las penurias que los “descendientes de Adán y Eva” padecen aquí y ahora. Desde su primera obra, “La tierra más ajena”, en la que declara “su extranjería, su no pertenecia a este aquí”, la poeta argentina elabora su escritura y configura su vida, como modulaciones esenciales de aquella experiencia, cuyos límites son también los del poema, los de la lengua que, a este lado del silencio, “es el órgano de la re-creación/ del reconocimiento/ pero no el de la resurrección”. Más allá del poema quizás la nostalgia llegue a ser pura alegría y ni siquiera sea necesario cantar.

Enrique Jordá, “Historia de la Iglesia en el Vicariato del Beni-Bolivia (1675-2000). Época de las Misiones Jesuíticas”.
Aunque los intentos de evangelización de los pueblos originarios de Mojos en Beni, Bolivia, principiaron en el siglo XVI, se fueron consolidando sólo desde fines del siglo XVII, lo que favoreció la entrada, en 1675, “de misioneros (jesuitas) estables en el Gran Pa’ i Tití” y el surgimiento paulatino de diversos pueblos misionales en aquel territorio. Las así llamadas Reducciones agrupaban en un mismo territorio a comunidades originarias de distintas nacionalidades, que iban aceptando paulatinamente el mensaje misional, “cuya organización se basó en la experiencia de doctrinas jesuitas del sur del Perú [...] de donde llegaron los misioneros jesuitas a fundar Mojos”. Entre 1675 y 1767 (año de la expulsión de los jesuitas de los territorios españoles) se fundaron 31 de estos pueblos, pero no todos “tuvieron larga duración ni [...] coexistieron en tiempo misional”. En Mojos hubo hasta 46 jesuitas y 35.000 habitantes de pueblos misionales, 14 de los cuales subsisten todavía.

Renato Choque, “Muyupayaspa. Breve apología del pentavocalismo quechua”.
Tras medio siglo de intentos se ha llegado a un consenso relativo sobre los signos a emplearse para la escritura del quechua. Una última dificultad y punto de divergencia en relación a ello, es la de qué signos se usarán para representar las vocales de aquel idioma. El autor reseña en su ensayo las dos tendencias principales al respecto: una plantea que el quechua tiene sólo tres vocales que habrían de ser escritas, y dos más que no se escribirían, por ser simples alófonos de las anteriores; la otra sostiene que hay que representar las cinco vocales básicas del quechua oral, con cinco signos distintos entre sí. Como incluso hay quienes reconocen más de cinco vocales en esta lengua, el asunto adquiere una dificultad especial. En opinión de Choque, que no sólo considera aspectos lingüísticos, sino también algunos antropológicos, axiológicos, estéticos y ontológicos, relevantes, el quechua contemporáneo habría de escribirse con las cinco vocales cardinales, cuyos sonidos correspondientes serían básicos e inobjetables en la rica lengua heredada de la sociedad incaica.

Kenneth R. Good, “Etnias en América y el proceso de transformación: el caso de los Yanomani”.
A partir de su experiencia de vida con los Yanomani con los cuales convivió durante doce años, Kenneth Good nos describe algunos rasgos culturales de esa etnia de la amazonía, que habita en territorios de Brasil y Venezuela, centrando su atención en “la historia del contacto” y sus efectos en grupos de la tribu que viven próximos a las misiones. Los Yanomami, que el autor encuentra “mucho menos agresivos” de lo que nos presenta un estereotipo difundido con una obra de Napoleón Chagnon, tienen una cultura tradicional, aún poco influida por “el mundo de afuera”, y no la quieren abandonar, aunque valoran ciertos bienes occidentales. Cabe, entonces, preguntarse, desde la antropología, por las formas, más o menos inevitables, que habrían de adoptar los cambios sociales modernos que pretendan, sin embargo, mantener la integridad y la armonía positivas de dichas comunidades, cuya cultura “nos enriquece a todos”.

Redacción Yachay