Presentación
Los
cinco primeros artículos de este número de Yachay son
filosóficos; el sexto de interpretación literaria; el
séptimo de historia de la Iglesia; el octavo de lingüística
quechua; y el noveno de antropología. Los autores, títulos,
y resúmenes, de cada uno de ellos, son los siguientes.
Juan
Araos Uzqueda, “Relectura del poema de Parménides”.
El fuego, la noche, el amor, funcionan como causas eficientes en el
poema de Parménides: impulsan el movimiento y la combinación
ordenadas de las cosas, a cuya variedad y cambio naturales el filósofo
de Elea no era contrario. Ello previene contra cierta opinión
extendida que desde antiguo atribuye a Parménides el haber puesto
alguno de esos principios o causas sensibles del ser katà tèn
aísthesin (según la sensación)??bajo el no ser.
Más aun: el poema de Parménides no incluiría en
realidad nada bajo la nada o el no ser, y el único camino transitable
que la diosa del poema enseña sería un camino de dos carriles
“sobrepuestos o complementarios entre sí”: el de la verdad y
el de las cosas que (a)parecen y desaparecen, y por ambos sólo
tansitaría lo que (de una u otra manera) es. Unas palabras que
la divinidad femenina y anónima que habla en casi toda la obra
pronuncia en el proemio, y la estructura y curso mismos de las dos partes
del poema, confirmarían eso.
Miguel
Manzanera, “Renovación del derecho natural desde la filosofía
de la nostridad”. En el marco de la filosofía de la nostridad,
y recurriendo a varias categorías personalistas, el autor homologa
derecho natural con la posibilidad humana de captar inteligente y éticamente,
en un medio cultural determinado cada vez, lo “justo natural” que surge
de nuestra misma naturaleza y es por ello “anterior y superior a lo
justo legal”. En el curso de su ensayo, Manzanera previene contra la
confusión del derecho natural con el iusnaturalismo, y cuestiona
entonces nociones que hacen proceder ese derecho de la naturaleza común
a todos los animales; o que identifican “justo natural” (physei díkaion)
con “derecho natural” (ius naturale), o con un texto escrito que habría
que descifrar. Entre los “nosotros” más relevantes que servirían
para caracterizar y fundamentar el derecho, el autor examina lo que
llama “nosotros jurisdiccionales, el nosotros universal y el nosotros
antropoteologal”. Eso le permite criticar la concepción kantiana
del derecho y alentar, entre otras cosas, la constitución de
una comunidad universal que “cada vez se hace más conveniente
y necesaria”, y la fundamentación última del derecho en
“lo justo teologal” que remite a la “realidad teologal”.
Lorenzo
Izquierdo, “MacIntyre: lector del hombre contemporáneo”.
Aquí se observa el surgimiento y algunas conformaciones principales
del individuo liberal moderno, que Rawls y MacIntyre ven aparecer con
“la secularización de la Reforma luterana y sus consecuencias”.
Dicho individuo ha discurrido hasta hoy por cauces cuyas expresiones
filosóficas (contractualismo, utilitarismo, proyecto kantiano
de separar la moral de la religión) convergirían en la
invención de ese “artefacto cultural” de los siglos XVII y XVIII,
el individuo humano con capacidades anteriores “a su ciudadanía
en cualquier orden social y político particular”, al decir de
MacIntyre. El Estado moderno y la economía de mercado apoyan
la centralidad contemporánea del individuo, y del individualismo
correspondiente, que MacIntyre ve prefigurarse ya en la antigüedad,
especialmente “en la sociedad griega de los siglos VI y V a C”. Entre
las características del hombre contemporáneo, señaladas
por MacIntyre, que el autor destaca, están: “la democratización
de la actividad moral” y el “individualismo burocrático”, a cuyo
êthos (el de la soberanía ilimitada del individuo), que
considera discontinuo y falto de télos, paradójico e incoherente,
MacIntyre contrapone “un concepto alternativo de identidad” unitaria:
corporal, responsable, práctica, narrativa e histórica,
de índole tomista, aunque “no la exponga en términos tomistas”.
Andrés
Eichmann Oehrli, “Mito y razón: encuentros y desencuentros”.
En el marco de una interpretación general de la historia de nuestra
cultura, el autor critica cierta hýbris moderna que minimiza,
niega, hace invisible, un aspecto esencial de Occidente: el de la convivencia
(“no siempre pacífica”) entre mito y lógos. De los pitagóricos
a los trágicos, de Platón y Aristóteles a los neoplatónicos,
de los primeros estoicos a los cristianos, judíos y musulmanes,
del siglo XIV, el pensamiento “premoderno” adopta, en efecto, un sesgo
“clásico” que no sólo no rechaza el mito, sino que recurre
a él, lo cual le permite abrirse a espacios humanos más
amplios que los matemáticos modernos, sin negarse a “los dominios
del misterio”, como lo hace cierta extendida y vigente racionalidad
moderna. Quizás quepa, dado lo anterior, observa Eichmann, revisar
“la inspiración clásica” en lo que siempre tiene de actual
y aún desaprovechada por nosotros.
Lorgio Orellana Aillón, “Imperio, subjetivismo y utopía.
Una crítica a la obra de Michel Hardt y Antonio Negri desde la
perspectiva del materialismo dialéctico”.
El autor critica el concepto de subjetividad que Michel Hardt y Antonio
Negri desarrollan en su obra Imperio, por demasiado abstracto, romántico
e idealista. Aunque pretendan fundamentar una teleología materialista
y hacer inmanente la ontología, Hardt y Negri subestimarían
la historia: idealizarían románticamente el deseo de la
multitud, como motor de los tiempos postmodernos que corren, sin advertir
las claves materialistas y dialécticas de tales tiempos, es decir
la sustancia y la estructura verdaderas del modo de producción
capitalista que ambos denominan Imperio. Eso recluiría su propuesta
en una subjetividad trascendental inviable o fuera de lugar ya desde
hace tiempo en relación a la praxis humana real, cuyo devenir
Orellana ve motorizado por la lucha de clases y el “pensamiento revolucionario”,
no por la poesía del socialismo utópico ni por nada ingenuo
parecido a ella.
Vilma
Tapia Anaya, “La muerte es la primera noche tranquila”.
La obra poética y la vida de Alejandra Pizarnik (1936-1972) estarían
signadas por la experiencia de la pérdida del Paraíso,
que alienta la nostalgia de la tierra prometida originaria y la esperanza
del retorno a ella. En esa tierra del futuro humano ideal los deseos
humanos se satisfarían del todo, más allá de las
penurias que los “descendientes de Adán y Eva” padecen aquí
y ahora. Desde su primera obra, “La tierra más ajena”, en la
que declara “su extranjería, su no pertenecia a este aquí”,
la poeta argentina elabora su escritura y configura su vida, como modulaciones
esenciales de aquella experiencia, cuyos límites son también
los del poema, los de la lengua que, a este lado del silencio, “es el
órgano de la re-creación/ del reconocimiento/ pero no
el de la resurrección”. Más allá del poema quizás
la nostalgia llegue a ser pura alegría y ni siquiera sea necesario
cantar.
Enrique
Jordá, “Historia de la Iglesia en el Vicariato del Beni-Bolivia
(1675-2000). Época de las Misiones Jesuíticas”.
Aunque los intentos de evangelización de los pueblos originarios
de Mojos en Beni, Bolivia, principiaron en el siglo XVI, se fueron consolidando
sólo desde fines del siglo XVII, lo que favoreció la entrada,
en 1675, “de misioneros (jesuitas) estables en el Gran Pa’ i Tití”
y el surgimiento paulatino de diversos pueblos misionales en aquel territorio.
Las así llamadas Reducciones agrupaban en un mismo territorio
a comunidades originarias de distintas nacionalidades, que iban aceptando
paulatinamente el mensaje misional, “cuya organización se basó
en la experiencia de doctrinas jesuitas del sur del Perú [...]
de donde llegaron los misioneros jesuitas a fundar Mojos”. Entre 1675
y 1767 (año de la expulsión de los jesuitas de los territorios
españoles) se fundaron 31 de estos pueblos, pero no todos “tuvieron
larga duración ni [...] coexistieron en tiempo misional”. En
Mojos hubo hasta 46 jesuitas y 35.000 habitantes de pueblos misionales,
14 de los cuales subsisten todavía.
Renato
Choque, “Muyupayaspa. Breve apología del pentavocalismo quechua”.
Tras medio siglo de intentos se ha llegado a un consenso relativo sobre
los signos a emplearse para la escritura del quechua. Una última
dificultad y punto de divergencia en relación a ello, es la de
qué signos se usarán para representar las vocales de aquel
idioma. El autor reseña en su ensayo las dos tendencias principales
al respecto: una plantea que el quechua tiene sólo tres vocales
que habrían de ser escritas, y dos más que no se escribirían,
por ser simples alófonos de las anteriores; la otra sostiene
que hay que representar las cinco vocales básicas del quechua
oral, con cinco signos distintos entre sí. Como incluso hay quienes
reconocen más de cinco vocales en esta lengua, el asunto adquiere
una dificultad especial. En opinión de Choque, que no sólo
considera aspectos lingüísticos, sino también algunos
antropológicos, axiológicos, estéticos y ontológicos,
relevantes, el quechua contemporáneo habría de escribirse
con las cinco vocales cardinales, cuyos sonidos correspondientes serían
básicos e inobjetables en la rica lengua heredada de la sociedad
incaica.
Kenneth
R. Good, “Etnias en América y el proceso de transformación:
el caso de los Yanomani”.
A partir de su experiencia de vida con los Yanomani con los cuales convivió
durante doce años, Kenneth Good nos describe algunos rasgos culturales
de esa etnia de la amazonía, que habita en territorios de Brasil
y Venezuela, centrando su atención en “la historia del contacto”
y sus efectos en grupos de la tribu que viven próximos a las
misiones. Los Yanomami, que el autor encuentra “mucho menos agresivos”
de lo que nos presenta un estereotipo difundido con una obra de Napoleón
Chagnon, tienen una cultura tradicional, aún poco influida por
“el mundo de afuera”, y no la quieren abandonar, aunque valoran ciertos
bienes occidentales. Cabe, entonces, preguntarse, desde la antropología,
por las formas, más o menos inevitables, que habrían de
adoptar los cambios sociales modernos que pretendan, sin embargo, mantener
la integridad y la armonía positivas de dichas comunidades, cuya
cultura “nos enriquece a todos”.
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