Presentación
Este número de Yachay incluye los artículos
de misionología, mariología, exégesis bíblica,
teología, etnohistoria, antropología cultural y filosofía,
que reseñamos a continuación.
En el primero, “Carta inédita del
jesuita José Rodríguez, misionero en Chiquitos (10/X/1742)”,
Roberto Tomichá presenta, con el auxilio de “fuentes
manuscritas e inéditas existentes en diversos archivos europeos
y americanos consultados”, una carta autógrafa del
misionero jesuita español José Rodríguez a
su hermano Francisco Antonio, en octubre de 1742. El documento,
que se publica por primera vez y ofrece valiosos recursos para estudiar
“la región cruceña y chiquitana”, va precedido
aquí por una breve biografía del padre Rodríguez
e información sobre el contexto social y religioso en el
cual le tocó vivir, además de detalles del manuscrito,
que se conserva en el Archivo Histórico de la Provincia jesuítica
de Toledo. Por la carta de Rodríguez sabemos, entre otras
cosas, que esa época él lleva trece años en
la Chiquitanía, y que ha trabajado en cuatro reducciones
de la región, donde se halla “gustoso” en su
actividad misional, a pesar de las difíciles condiciones
ambientales y algunas dificultades de su propio carácter.
En “Nina-Nina: Devoto de la Virgen del Socavón”,
Ricardo Silva hace, por su parte, una crítica interna del
texto de la leyenda del Nina-Nina, que para efectos de su análisis
distribuye en cuatro cuadros y tres secciones intermedias, y transcribe
añadiendo una letra minúscula al principio de cada
riga. Luego de presentar algunas delimitaciones cronológicas
y topográficas de dicho texto, Silva se refiere a la cultura
de su autor (que habría sido un sacerdote) y recorre la estructura
de la obra, siguiendo, con aquél, “los movimientos
de Anselmo Belarmino” el legendario sábado de carnaval
de 1789, desde su peregrinaje hacia el Pié de Gallo hasta
la revelación final de Anselmo como el Nina Nina y de la
joven que lo auxilia como la Virgen de la Candelaria. Destaca también,
paso a paso, varias funciones de cada cuadro y de cada sección
intermedia, del relato, cuya verdadera protagonista sería,
como el título del artículo lo anticipa, la Virgen
del Socavón.
Miguel Manzanera muestra después, en “Contribución
de la Dei Verbum a la renovación teológica y pastoral
de la Iglesia”, aportes notables de la Constitución
Dogmática Dei Verbum, a: la difusión de la Biblia;
los vínculos entre Biblia, tradición y magisterio,
como cauces complementarios “de la única fuente de
la revelación divina”; y a la fundamentación
bíblica de la teología y de la moral. Desde su aprobación,
en diciembre de 1965, casi al finalizar el Concilio Vaticano II,
la Dei Verbum ha facilitado con ello, señala Manzanera, “la
renovación teológica y pastoral de la vida de la Iglesia”,
y ha venido a constituirse en uno de los documentos más influyentes
producidos por aquel Concilio.
Más adelante, Jesús Moreno subraya,
en “La Trinidad: Gracia de comunión. Acercamiento admirado
al Dios cristiano”, que aunque la palabra “Trinidad”
no se encuentra en la Biblia, todo el cristianismo tiene una filiación
esencialmente trinitaria: “La Trinidad está en el centro
del Evangelio y del mensaje fundacional del cristianismo. La fe
pascual es la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo”. Y como cada Persona de la Trinidad es por, con, en
y para, las otras dos, cabe decir que el Misterio del caso sea,
escribe Moreno, un Misterio de comunión, al cual “[h]emos
sido incorporados” de un modo que excede con mucho la simple
solidaridad, como “un don [...] concedido por el puro Amor
que la Trinidad es.” Dicha misteriosa comunión da,
piensa el autor, el horizonte y la tarea más abarcadores
de la convivencia humana.
La evangelización de grupos que puedan
formar Iglesias arraigadas en sus propias y diversas culturas, y
el desafío de que esas Iglesias trasciendan sus fronteras,
las dos preocupaciones misionológicas principales en América
Latina hoy, según Juan Gorski, son abordadas por éste,
en “La inculturación: una cuestión de cristología.
La cristología y sus implicaciones misionológicas.
Una perspectiva latinoamericana”, a la luz de una idea de
inculturación de índole cristológica y pascual,
que postula la presencia activa del Espíritu incluso entre
quienes no hubiesen sido evangelizados aún, “atrayéndolos
a Cristo”, y “el diálogo continuo entre la fe
cristiana y la cultura”. En este marco, la Iglesia misionera
capacitaría a las personas y a los pueblos “para participar
en la salvación de un modo consciente, inteligente, libre,
responsable, gozoso y devoto, desde su identidad y vitalidad culturales”,
pues “el Espíritu que actúa en las culturas
no es otro que el mismo Espíritu de Cristo resucitado”.
La antropóloga Cecilia Eróstegui
recorre después, en “El repartimiento de Sipe Sipe.
Apuntes para la historia colonial temprana de Cochabamba”,
algunos expedientes que dan cuenta de la colonia temprana del valle
de Cochabamba, particularmente del repartimiento de Sipe Sipe, y
expone ciertos reveladores antecedentes que observa ya en la expansión
incaica de fines del siglo XV hacia territorios aymaras de la zona.
Diversos grupos étnicos aymaras de ésta fueron, en
efecto, aliándose y tributando al incanato esa época.
En la sociedad hispano indígena que surgía, el repartimiento
de Sipe Sipe tuvo una importancia jurídica y económica
relevante. Revisar, entre otras cosas, las causas judiciales que
testimonian cómo poco a poco los cacique e indios del lugar
“fueron perdiendo [...] sus tierras”, permitiría,
sostiene la autora, “saber qué pasó” con
el vasto territorio simbólico que articulaba ese repartimiento.
Enrique Jordá ofrece, en “Realidad
lingüística de Moxos. Grandeza de un pueblo a través
de sus idiomas”, una breve noticia introductoria sobre las
más remotas localizaciones de la familia lingüística
arawak en América Central y del Sur. Posteriormente se detiene
en la arraigada presencia de esa lengua en el Gran Moxos de Bolivia,
y registra una abundante bibliografía disponible sobre ella.
Obras de los siglos XVII y XVIII, del Padre Pedro Marbán,
de Felipe Salvador Gilij, el abate Lorenzo Hervás; gramáticas
y diccionarios mojos del siglo XX; y otras publicaciones; le permiten
observar “cuánto se ha ganado en el conocimiento de
los idiomas moxos desde las apreciaciones de Marbán hasta
las de Olza”, y declarar su bien arraigado deseo de “que
ninguno de estos pueblos pierda su orgullo de pueblo sabio y noble.”
A partir de textos escogidos y aspectos relevantes
de la cultura singular que observa y de su propia experiencia personal,
Gustavo Pinto escribe sobre la idiosincrasia y costumbres de los
cambas desde fines del siglo XVIII hasta nuestros días. Su
artículo “Idiosincrasia y costumbres de los cambas”
presenta un breve inventario de las vestimentas, peinados, adornos,
recursos naturales, usos festivos, tipos de viviendas y hábitos
urbanísticos, de aquellos pobladores antiguos de lo que hoy
es Bolivia, especialmente de los cruceños y mojeños;
revisa efectos, que considera más bien negativos, de las
instituciones coloniales y republicanas, en el progresivo mestizaje
de ellos; y concluye con una extensa enumeración de rasgos
psicológicos y conductuales de la gente del oriente boliviano,
y dos breves composiciones literarias del autor.
Finaliza esta entrega de Yachay con un trabajo
de Juan Bailly: “Postmodernidad, crisis de valores, formación
ética”. En él Bailly cuestiona, desde una óptica
cristiana, aspectos relevantes (neoliberalismo, globalización)
de la llamada postmodernidad, observando especialmente sus repercusiones
en Bolivia luego de la promulgación del Decreto 21060. Acerca
de la crisis nacional de valores, Bailly menciona algunas de sus
características y causas, en el marco de lo que el proyecto
postmoderno privilegia, y contrasta esto con aportes (más
o menos virtuales) de cierta cultura alternativa de resistencia
que, promovida por la filosofía de la liberación y
el humanismo personalista, apunta hacia una renovada educación
en valores.