Presentación
Dos discursos académicos inaugurales del año lectivo 2006 en la
Universidad Católica Boliviana, regional Cochabamba, pronunciados
por los profesores Oscar Uzín y Gregorio Iriarte, abren este número de
yachay.
En el primero, “Discurso para los docentes de la Universidad
Católica Boliviana en Cochabamba”, Oscar Uzín hace votos para que
el nuevo milenio, que él ve iniciarse con los desastres de la destrucción
de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001 y la
interminable guerra del gobierno de los Estados Unidos “contra la
nación de Irak”, transforme sus portales donde ahora se lee “Guerra y
Muerte” en otros donde leamos “Paz y Vida”. “El ideal de
convivencia pacífica y laboriosa de todas las naciones”, vale, desde
luego, piensa Uzín, como idea reguladora y estímulo, para pensar los
problemas nacionales y la labor de la Universidad Católica Boliviana,
en el marco de un humanismo generoso y congruente con los tiempos
cibernéticos que corren.
En el segundo, “La UCB frente a los retos del presente”,
Gregorio Iriarte cuestiona por poco éticos la ideología y los valores
predominantes en el modelo neoliberal, y a la luz de los evangelios y
de la coyuntura política boliviana reciente, observa que los cambios
que los bolivianos reclaman hoy en los campos de la economía, la
gestión política, el desarrollo humano, la moral pública, etc., serán
inviables si se prescinde de valores populares profundamente
arraigados en Bolivia, como “la fraternidad, [...] la justicia, [...] la
equidad, [...] la solidaridad, [...] el respeto a la vida, [...] los derechos
de las personas”, valores que una educación católica, “integral e
integradora”, formativa, ética, humanista, personal, solidaria,
autónoma, tiene la misión de rescatar y proyectar, no sólo en la
actividad universitaria sino “en nuestra vida privada, familiar,
profesional y social”.
Víctor Codina aborda más adelante, en “Nuevos enfoques
teológicos sobre la Eucaristía”, la renovación experimentada por la
teología de la Eucaristía los últimos cincuenta años. La fe en la
presencia real y el sacrificio eucarísticos prioriza en este tiempo
sentidos religiosos como los siguientes: recuerdo del misterio pascual,
comunión con la Iglesia, voto por la justicia y la paz mundiales,
invocación al Espíritu y anticipación del Reino. Codina hace una
prolija y ceñida presentación de estas nuevas ondas teológicas, y
observa que ellas no sólo retoman tradiciones más o menos olvidadas
del primer milenio sino también abren perspectivas inéditas para el
tercer milenio, a la vez que señalan avances y anuncian tareas
pendientes aún en este orden sacramental de cosas.
Comprometido con la revaloración de las culturas y la
inculturación del Evangelio, en la Iglesia latinoamericana en general
y en la boliviana en particular, Martín Mamani Yujra estudia, por su
parte, en “Pachamama e identidad aymara en el proceso de la
inculturación”, “el sentido profundo de la Pachamama en las
comunidades aymaras del altiplano paceño”. Después de revisar unas
connotaciones básicas de los términos Pacha (tiempo, espacio) y
Mama (Señora, Madre, origen), Mamani Yujra presenta la idea de
Pachamama como Wiñaya o eternidad “respetada y reconocida por los
aymaras como una madre que está presente en todas las actividades
del vivir cotidiano”, y también como Qallta (principio), Tukuya (final)
y Wirgina (Madre Tierra), cuya integridad de sentido remite a la
experiencia más radical de la tierra, la propia existencia, la vida en
comunidad y lo divino, entre quienes la veneran. En la segunda mitad
de su ensayo el autor describe ritos de ofrenda realizados a la
Pachamama –en la cual él ve realizarse la “máxima expresión del Dios
de la Vida entre los aymaras” – y destaca las bases cristológicas y el
carácter misionológico que a su juicio constituyen la esencia misma del
proceso de inculturación que relaciona, aquí y ahora, lo cristiano y lo
aymara.
Alber Quispe, Mauricio Gil Quiroga y Juan Araos Úzqueda
ofrecen después, en la segunda mitad de este número de Yachay, sus
ensayos “Embriones del cine valluno”, “La ironía de la inteligencia.
Sátira, parodia y autoironía en Juan José Arreola” y “Acerca del
paradigma en Platón, desde República V, 472a-473b”.
En “Embriones del cine valluno”, Quispe muestra los inicios de
la experiencia del cine en Cochabamba, desde la primera exhibición en
marzo de 1897 (un año y medio después de la presentación del
cinematógrafo en París) hasta las de la tercera década del siglo XX. La
rica experiencia colectiva que él registra de manera cronológica, le
ofrece a Quispe instructivas noticias sobre usos sociales, gustos
artísticos, formas de urbanidad, etc., de los cochabambinos de laépoca, y sobre el surgimiento y los primeros pasos o imágenes del cine
mudo nacional.
En “La ironía de la inteligencia. Sátira, parodia y autoironía en
Juan José Arreola”, Mauricio Gil Quiroga estudia las formas del
humor en la narrativa breve de Juan José Arreola, basado en el
presupuesto de que el humor es algo en principio indefinible, pero que“todos somos capaces de reconocer”, y en la atención cuidadosa “de
unos cuantos textos” que él prefiere. “En el principio” de la obra de
Arreola, “espiritualmente subversiva” y expuesta siempre a la libertad
confabuladora del lector, está, en efecto, escribe Gil Quiroga, el humor,
un humor ambivalente, festivo, sarcástico, burlesco, en el cual “hay
mucha sátira […] pero también mucha parodia y mucha ironía”, con
claros antecedentes en la narrativa de Borges y en la obra de Kafka,
esos dos grandes nombres con cuyas sombras (además, claro está, de la
inmensa de Rulfo) Arreola tuvo que vérselas “para ganar su propia
voz”.
Finalmente, Juan Araos Úzqueda, expone brevemente dos
connotaciones difererentes pero complementarias del término
paradigma según el libro quinto de la República de Platón. La primera
de ellas considera que dicho término significa un modelo, una
referencia ejemplar, independiente, anterior a toda intervención
humana y “a los individuos y cosas particulares” que se le relacionan,
sin el cual “estos mismos individuos y cosas resultarían insustanciales
o ininteligibles en su ser e inapreciables en su valer”; la segunda
concibe al paradigma como modelo más bien construido que
descubierto, y como tal posterior a quienes lo construyen, sea con
palabras, como la ciudad buena de la República, o con pinceles y
colores, como una pintura bellísima que sirviese de metro de la belleza
humana. En este segundo caso el modelo se perfila también como un
ejemplo, entre otros posibles, de las instancias paradigmáticas
eminentes, “muy dignas de imitarse y de seguirse”, con las cuales se
corresponde, y sus artífices podrían recurrir a él para evaluar, entre
otras cosas, “la felicidad y la desdicha” de sus vidas.
Redacción Yachay
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