"YACHAY" Año 25 No. 47, 2008

Sumario

Presentación Yachay
Letrados mínimos / ¿Intelectuales máximos? F. César Maldonado, SI
El planteamiento del problema ontológico en
Heidegger
Rubén Carrasco de la Vega
Globalización y Universidad Ramiro Salazar Antequera
Protágoras 320c-323c: Condición humana, virtud política, democracia Juan Araos Úzqueda
Fragmentos de diario Wilson Quispe Vargas
Prácticas y creencias religiosas en la fiesta colonial de San Andrés Alber Quispe Escobar
Reseña de Jan Górski, Nowy paradygmat misji. Teologia misji w świetle posynodalnych adhortacji kontynentalnych Jana Pawła II Dariusz Robert Mazurek, ofm. conv.

Presentación

Siete textos de filosofía, literatura, fenomenología de la religión, y misionología, presenta este número de yachay. Seis de ellos son obra de profesores actuales, o de ex profesores, del ISET y de la Universidad Católica Boliviana, de Cochabamba. En el primero,“Letrados mínimos/ ¿intelectuales máximos?”, F. César Maldonado se
pregunta si cabe y cómo, llamar intelectuales a los “letrados de mínima cuantía” o “rescatiris letrados”, que actúan como en el traspatio de sus culturas más bien que en los centros académicos, económicos y políticos, de las ciudades. Recurre entonces con especial atención a las producciones recogidas en Arakua, “el texto oficial de la cultura del oriente boliviano”, aunque esta “enciclopedia de narraciones multicultural e híbrida”, no se utilice mucho más allá de “la región demarcada por el rescatiri institucional” y carezca de “alcance en otros ambientes”; y con recursos tomados de su propia experiencia vital y de teóricos como Derrida, Foucault, Prakash, Guha, Spinak, Mignolo y otros partidarios de lo alternativo y subalterno, aborda narraciones de los hermanos don Alfredo y doña Ludovina Copa (de Khaltapi Punku, Potosí), de don Melquíades Montalvo (de Azurduy, Chuquisaca), de doña Juana (que no quiere “ser un insecto más en la naturaleza”), de don Pastor Cruz (de Pasla, Potosí), de don Marcial Chumira, registrando sus originales aportes antropológicos, históricos, gnoseológicos, humanos. Compara también en su ensayo las resonancias y caracteres de esas narraciones nativas con los de obras reconocidas de notables intelectuales latinoamericanos, y ve su sintonía con el trabajo, quizás más activo que orgánico, de intelectuales indígenas, sobre todo guaraníes, del oriente de Bolivia. En uno y otro casos los intelectuales “mínimos”, aunque se refieran “a ideas mínimas” y “circunstancias de opinión local”, domésticas, prácticas, cotidianas (¿o tal vez precisamente por eso?), escribe Maldonado, ofrecen un cuadro vivo y veraz de sus culturas.

A continuación, el artículo de Rubén Carrasco de la Vega expone “el planteamiento del problema del ser” tal como aparece en la Introducción de Ser y Tiempo. Carrasco de la Vega presenta, pues, en él, la apertura heideggeriana de la cuestión ontológica, comenzando por el examen de los prejuicios antiguos que según Heidegger favorecen el abandono de dicha cuestión, y perfila después la estructura formal de la pregunta por el ser, siguiendo el hilo discursivo “de los elementos estructurales descubiertos en el análisis de una pregunta cualquiera”. Escribe, en este contexto, que “contra Heidegger y contra la formulación clásica de la cuestión, […] ha llegado para la filosofía la hora de buscar un planteamiento verdaderamente nuevo de la pregunta por el ser” y que para lograr esto “es preciso, a la luz de los elementos […] esenciales de una pregunta cualquiera”, aclarar de raíz “las preguntas ¿qué es el ente? y ¿qué es el ser? en cuanto preguntas”, lo que a su juicio revelaría que ambas “son anodinas, insuficientes e incoherentes en cuanto preguntas”, aunque él no desarrolla esta opinión suya en esta oportunidad. El texto concluye con una revisión del rol que según Heidegger el ser humano cumple respecto a la pregunta por el sentido del ser. La importancia de ese rol permite afirmar que un análisis del Dasein, es decir del ser humano, entre cuyos modos de ser propios está el preguntarse por el ser, “nos dirá si es posible y cómo es posible interrogar por el ser en general”.

“Globalización y Universidad”, se titula el trabajo que publicamos de Ramiro Salazar Antequera, que revisa en él algunas connotaciones económicas, culturales y políticas de la globalización, entendida, a la manera de Heidegger, como “expansión planetaria de la ciencia y la tecnología” fundadas metafísicamente en el sujeto
moderno. Salazar sitúa su examen en el marco de la universidad boliviana y observa que en ésta una lógica liberal y otra humanista se disputan la hegemonía. La diferencia entre estas dos lógicas marca, piensa él, la relación Estado-Universidad, particularmente la relación Estado moderno-Universidad pública, cuya génesis remitiría a la ya antigua disputa entre los modelos educativos llamados napoleónico y autónomo. Tres tipos de Estado: benefactor, interventor, evaluador, operarían desde los años cincuenta del siglo veinte en Bolivia, sobre el fondo de esa antigua disputa. Al final de su artículo Salazar refiere algunas vicisitudes políticas y doctrinarias del documento “Reforma de la Universidad Pública de Bolivia”, del Instituto José Ortega y Gasset, del que presenta algunas conclusiones, con otras propias: el Estado evaluador procura imponer “su ideología liberal economicista”; la universidad no se autorreforma ni acepta “reformas institucionales”; la relativa indecisión entre liberales y humanistas, que “aspiran a incluir a Bolivia en […] la competitividad del libre mercado global del mundo”, sin plantear “propuestas alternativas suficientes, de sentido propio, que integren una reflexión profunda sobre la globalización y las […] particularidades culturales de nuestro país”, impiden, entre otras causas, piensa Salazar, que la universidad boliviana encuentre por fin “su verdadero rumbo”.

En “Protágoras 320c-323c: Condición humana, virtud política, democracia”, Juan Araos recuerda más adelante el mito que Protágoras narra en el Protágoras de Platón. Como todas las especies mortales salvo la humana estaban ya bien provistas para la vida, y “el día destinado para que también el hombre saliera de la tierra hacia la luz”, se aproximaba, Prometeo roba el fuego y con el fuego “la sabiduría artesanal del rudo Hefesto y de la laboriosa Atenea, y se la regala al hombre, para la conservación de éste”. Por esta filantrópica intervención de Prometeo los seres humanos obtuvieron beneficios útiles para su sobrevivencia y para su cultura, pero carecían aún de sabiduría política, de manera que “cuando se juntaban cometían frecuentemente injusticias entre sí” y corrían el riesgo de perecer. Temiendo que esto ocurriera, Zeus ordena a Hermes que lleve a los hombres la justicia y el respeto “que pusieran orden y tendiesen vínculos amistosos y congregadores, entre las ciudades”, y le pide que reparta esas virtudes entre todos y cada uno de los seres humanos por igual. Todos y cada uno de los seres humanos nacen, pues, provistos por igual de esas virtudes, de esas democráticas virtualidades, o “no habría ciudades” ni “se estaría entre hombres”, según el referido relato de Protágoras, en el cual Araos reconoce “recursos genuinos, pistas éticas, antropológicas, políticas, útiles” para pensar la (re)construcción de la democracia en Bolivia y poner a punto, “dentro
del marco grande del pensamiento de Platón y la vida nuestra”, los postulados que registra en la segunda parte de su ensayo.

Más de setenta entradas ofrece, por su parte, “Fragmentos de diario”, de Wilson Quispe Vargas. La primera de ellas data de febrero de 1991, la última de febrero de 2008. Fueron escritas en Cochabamba, Santa Cruz, Sorata, San Benito y La Paz, estaciones de arribo y de tránsito, de su autor, los últimos dieciocho años. Abundan
en reflexiones filosóficas, literarias, existenciales, religiosas, políticas y biográficas, sobre una amplia variedad de temas, personas, paisajes, experiencias, que en más de un caso el lector compartirá como quien comparte palabras comunes en el diálogo o escucha una confidencia serena y meditativa. Son fragmentos que muestran y ocultan a la vez; como la naturaleza, que ama ocultarse, decía Heráclito. Los lenguajes del silencio, de lo no dicho, de la alusión, pero también afirmaciones categóricas, e incluso dogmáticas, sin pizca de ironía, atraviesan estos textos que se dejan leer como sólo las buenas lecturas. Wilson Quispe Vargas es Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Boliviana con una tesis sobre la vida y la obra de Franz Kafka.

“Prácticas y creencias religiosas en la fiesta colonial de San Andrés”, el artículo de Alber Quispe Escobar, ilustra un aspecto de la religiosidad indígena colonial de Cochabamba: los cultos andinos vinculados a la festividad de San Andrés, “en la que los indígenas concurrían a desenterrar los cadáveres de los cementerios de la Iglesia Matriz (hoy Catedral Metropolitana) y del convento San Juan de Dios, para rendirles culto”. Como otros eventos religiosos de la época, dicha celebración ritual interpretaba “desde prácticas y creencias indígenas ancestrales”, códigos cristianos vigentes de manera oficial, lo que generaba no pocas zozobras entre los vecinos y las autoridades de la ciudad, según muchos de los testimonios transcritos por Quispe Escobar lo corroboran de manera fidedigna, elocuente y hasta risueña. El ritual mortuorio de San Andrés habría sido parte de los ritos propiciatorios de buenas cosechas, corrientes en esos tiempos entre los aymaras y otras poblaciones nativas de la actual Bolivia. El autor supone que Cochabamba, ciudad de larga tradición agrícola “desde antes de la conquista”, con “una diversidad de grupos étnicos asentados” en su suelo, acogió esos ritos y con ellos la señalada correspondencia entre la recordación de los muertos “y el ciclo agrícola anual”. Por lo demás, hacia fines del siglo XVIII varios ritos mortuorios no eran clandestinos sino públicos y contaban a menudo con el consentimiento de “los Señores Curas”; y a diferencia del período colonial temprano, “en la fiesta de San Andrés los cadáveres y calaveras eran nuevamente depositados en los cementerios de los templos cristianos una vez realizados los ritos”, lo que “explicaría una arista del sincretismo religioso de finales del siglo XVIII.

Darius Robert Mazurek, director del Departamento de Teología Pastoral del ISET, reseña, en el cierre de este número de Yachay, un libro no traducido aún, del misionólogo polaco Jan Górski, cuyo esquema se condensaría en su título: “Nuevo paradigma de la misión. Teología de la misión a la luz de las postsinodales exhortaciones continentales de Juan Pablo II”. Los cuatro capítulos en los cuales el autor del libro explica ese esquema tratan sucesivamente, de una manera orientadora y recomendable para cualquier cristiano, señala Mazurek, de (i) los principales documentos misionológicos de la Iglesia, (ii) el pensamiento de Juan Pablo II sobre la inculturación, (iii) “las etapas de la formación de los documentos de los Sínodos Continentales” y (iv) esos mismos documentos, testimonios oficiales de aquellos Sínodos.

Juan Araos Úzqueda, editor de yachay