Presentación
Siete textos de filosofía, literatura, fenomenología de la religión,
y misionología, presenta este número de yachay. Seis de ellos son
obra de profesores actuales, o de ex profesores, del ISET y de la
Universidad Católica Boliviana, de Cochabamba. En el primero,“Letrados mínimos/ ¿intelectuales máximos?”, F. César Maldonado se
pregunta si cabe y cómo, llamar intelectuales a los “letrados de mínima
cuantía” o “rescatiris letrados”, que actúan como en el traspatio de sus
culturas más bien que en los centros académicos, económicos y
políticos, de las ciudades. Recurre entonces con especial atención a las
producciones recogidas en Arakua, “el texto oficial de la cultura del
oriente boliviano”, aunque esta “enciclopedia de narraciones
multicultural e híbrida”, no se utilice mucho más allá de “la región
demarcada por el rescatiri institucional” y carezca de “alcance en otros
ambientes”; y con recursos tomados de su propia experiencia vital y de
teóricos como Derrida, Foucault, Prakash, Guha, Spinak, Mignolo y
otros partidarios de lo alternativo y subalterno, aborda narraciones de
los hermanos don Alfredo y doña Ludovina Copa (de Khaltapi
Punku, Potosí), de don Melquíades Montalvo (de Azurduy,
Chuquisaca), de doña Juana (que no quiere “ser un insecto más en la
naturaleza”), de don Pastor Cruz (de Pasla, Potosí), de don Marcial
Chumira, registrando sus originales aportes antropológicos, históricos,
gnoseológicos, humanos. Compara también en su ensayo las
resonancias y caracteres de esas narraciones nativas con los de obras
reconocidas de notables intelectuales latinoamericanos, y ve su
sintonía con el trabajo, quizás más activo que orgánico, de
intelectuales indígenas, sobre todo guaraníes, del oriente de Bolivia.
En uno y otro casos los intelectuales “mínimos”, aunque se refieran “a
ideas mínimas” y “circunstancias de opinión local”, domésticas,
prácticas, cotidianas (¿o tal vez precisamente por eso?), escribe
Maldonado, ofrecen un cuadro vivo y veraz de sus culturas.
A continuación, el artículo de Rubén Carrasco de la Vega expone “el planteamiento del problema del ser” tal como aparece en la
Introducción de Ser y Tiempo. Carrasco de la Vega presenta, pues, en él, la apertura heideggeriana de la cuestión ontológica, comenzando
por el examen de los prejuicios antiguos que según Heidegger
favorecen el abandono de dicha cuestión, y perfila después la
estructura formal de la pregunta por el ser, siguiendo el hilo discursivo “de los elementos estructurales descubiertos en el análisis de una
pregunta cualquiera”. Escribe, en este contexto, que “contra
Heidegger y contra la formulación clásica de la cuestión, […] ha
llegado para la filosofía la hora de buscar un planteamiento
verdaderamente nuevo de la pregunta por el ser” y que para lograr esto “es preciso, a la luz de los elementos […] esenciales de una pregunta
cualquiera”, aclarar de raíz “las preguntas ¿qué es el ente? y ¿qué es
el ser? en cuanto preguntas”, lo que a su juicio revelaría que ambas “son anodinas, insuficientes e incoherentes en cuanto preguntas”,
aunque él no desarrolla esta opinión suya en esta oportunidad. El
texto concluye con una revisión del rol que según Heidegger el ser
humano cumple respecto a la pregunta por el sentido del ser. La
importancia de ese rol permite afirmar que un análisis del Dasein, es
decir del ser humano, entre cuyos modos de ser propios está el
preguntarse por el ser, “nos dirá si es posible y cómo es posible
interrogar por el ser en general”.
“Globalización y Universidad”, se titula el trabajo que
publicamos de Ramiro Salazar Antequera, que revisa en él algunas
connotaciones económicas, culturales y políticas de la globalización,
entendida, a la manera de Heidegger, como “expansión planetaria de
la ciencia y la tecnología” fundadas metafísicamente en el sujeto
moderno. Salazar sitúa su examen en el marco de la universidad
boliviana y observa que en ésta una lógica liberal y otra humanista se
disputan la hegemonía. La diferencia entre estas dos lógicas marca,
piensa él, la relación Estado-Universidad, particularmente la relación
Estado moderno-Universidad pública, cuya génesis remitiría a la ya
antigua disputa entre los modelos educativos llamados napoleónico y
autónomo. Tres tipos de Estado: benefactor, interventor, evaluador,
operarían desde los años cincuenta del siglo veinte en Bolivia, sobre el
fondo de esa antigua disputa. Al final de su artículo Salazar refiere
algunas vicisitudes políticas y doctrinarias del documento “Reforma
de la Universidad Pública de Bolivia”, del Instituto José Ortega y
Gasset, del que presenta algunas conclusiones, con otras propias: el
Estado evaluador procura imponer “su ideología liberal
economicista”; la universidad no se autorreforma ni acepta “reformas
institucionales”; la relativa indecisión entre liberales y humanistas,
que “aspiran a incluir a Bolivia en […] la competitividad del libre
mercado global del mundo”, sin plantear “propuestas alternativas
suficientes, de sentido propio, que integren una reflexión profunda
sobre la globalización y las […] particularidades culturales de
nuestro país”, impiden, entre otras causas, piensa Salazar, que la
universidad boliviana encuentre por fin “su verdadero rumbo”.
En “Protágoras 320c-323c: Condición humana, virtud política,
democracia”, Juan Araos recuerda más adelante el mito que
Protágoras narra en el Protágoras de Platón. Como todas las especies
mortales salvo la humana estaban ya bien provistas para la vida, y “el
día destinado para que también el hombre saliera de la tierra hacia la
luz”, se aproximaba, Prometeo roba el fuego y con el fuego “la
sabiduría artesanal del rudo Hefesto y de la laboriosa Atenea, y se la
regala al hombre, para la conservación de éste”. Por esta filantrópica
intervención de Prometeo los seres humanos obtuvieron beneficios útiles para su sobrevivencia y para su cultura, pero carecían aún de
sabiduría política, de manera que “cuando se juntaban cometían
frecuentemente injusticias entre sí” y corrían el riesgo de perecer.
Temiendo que esto ocurriera, Zeus ordena a Hermes que lleve a los
hombres la justicia y el respeto “que pusieran orden y tendiesen
vínculos amistosos y congregadores, entre las ciudades”, y le pide que
reparta esas virtudes entre todos y cada uno de los seres humanos por
igual. Todos y cada uno de los seres humanos nacen, pues, provistos
por igual de esas virtudes, de esas democráticas virtualidades, o “no
habría ciudades” ni “se estaría entre hombres”, según el referido relato
de Protágoras, en el cual Araos reconoce “recursos genuinos, pistas éticas, antropológicas, políticas, útiles” para pensar la
(re)construcción de la democracia en Bolivia y poner a punto, “dentro
del marco grande del pensamiento de Platón y la vida nuestra”, los
postulados que registra en la segunda parte de su ensayo.
Más de setenta entradas ofrece, por su parte, “Fragmentos de
diario”, de Wilson Quispe Vargas. La primera de ellas data de febrero
de 1991, la última de febrero de 2008. Fueron escritas en
Cochabamba, Santa Cruz, Sorata, San Benito y La Paz, estaciones de
arribo y de tránsito, de su autor, los últimos dieciocho años. Abundan
en reflexiones filosóficas, literarias, existenciales, religiosas, políticas
y biográficas, sobre una amplia variedad de temas, personas, paisajes,
experiencias, que en más de un caso el lector compartirá como quien
comparte palabras comunes en el diálogo o escucha una confidencia
serena y meditativa. Son fragmentos que muestran y ocultan a la vez;
como la naturaleza, que ama ocultarse, decía Heráclito. Los lenguajes
del silencio, de lo no dicho, de la alusión, pero también afirmaciones
categóricas, e incluso dogmáticas, sin pizca de ironía, atraviesan estos
textos que se dejan leer como sólo las buenas lecturas. Wilson Quispe
Vargas es Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica
Boliviana con una tesis sobre la vida y la obra de Franz Kafka.
“Prácticas y creencias religiosas en la fiesta colonial de San
Andrés”, el artículo de Alber Quispe Escobar, ilustra un aspecto de la
religiosidad indígena colonial de Cochabamba: los cultos andinos
vinculados a la festividad de San Andrés, “en la que los indígenas
concurrían a desenterrar los cadáveres de los cementerios de la Iglesia
Matriz (hoy Catedral Metropolitana) y del convento San Juan de
Dios, para rendirles culto”. Como otros eventos religiosos de la época,
dicha celebración ritual interpretaba “desde prácticas y creencias
indígenas ancestrales”, códigos cristianos vigentes de manera oficial,
lo que generaba no pocas zozobras entre los vecinos y las autoridades
de la ciudad, según muchos de los testimonios transcritos por Quispe
Escobar lo corroboran de manera fidedigna, elocuente y hasta risueña.
El ritual mortuorio de San Andrés habría sido parte de los ritos
propiciatorios de buenas cosechas, corrientes en esos tiempos entre los
aymaras y otras poblaciones nativas de la actual Bolivia. El autor
supone que Cochabamba, ciudad de larga tradición agrícola “desde
antes de la conquista”, con “una diversidad de grupos étnicos
asentados” en su suelo, acogió esos ritos y con ellos la señalada
correspondencia entre la recordación de los muertos “y el ciclo agrícola
anual”. Por lo demás, hacia fines del siglo XVIII varios ritos
mortuorios no eran clandestinos sino públicos y contaban a menudo
con el consentimiento de “los Señores Curas”; y a diferencia del
período colonial temprano, “en la fiesta de San Andrés los cadáveres
y calaveras eran nuevamente depositados en los cementerios de los
templos cristianos una vez realizados los ritos”, lo que “explicaría una
arista del sincretismo religioso de finales del siglo XVIII.
Darius Robert Mazurek, director del Departamento de Teología
Pastoral del ISET, reseña, en el cierre de este número de Yachay, un
libro no traducido aún, del misionólogo polaco Jan Górski, cuyo
esquema se condensaría en su título: “Nuevo paradigma de la misión.
Teología de la misión a la luz de las postsinodales exhortaciones
continentales de Juan Pablo II”. Los cuatro capítulos en los cuales el
autor del libro explica ese esquema tratan sucesivamente, de una
manera orientadora y recomendable para cualquier cristiano, señala
Mazurek, de (i) los principales documentos misionológicos de la
Iglesia, (ii) el pensamiento de Juan Pablo II sobre la inculturación,
(iii) “las etapas de la formación de los documentos de los Sínodos
Continentales” y (iv) esos mismos documentos, testimonios oficiales de
aquellos Sínodos.
Juan Araos Úzqueda, editor de yachay |